Parte 1
La voz de mi madre retumbaba en mi cabeza, más fuerte que el tráfico de la Ciudad de México. “Sofía, esta es tu última oportunidad. Si no consigues ese trabajo en Grupo Solís, te regresas a Puebla. Y ya sabes que Ramón te está esperando”.
¡Ramón! El solo pensamiento me dio escalofríos. No. Preferiría limpiar baños en la Central del Norte antes que casarme con el hijo del compadre de mi papá.
Por eso corría como una loca por Paseo de la Reforma. Mi entrevista en el corporativo más importante del país era en diez minutos. Estaba empapada en sudor, mi currículum arrugado en la mano. Vi un taxi libre deteniéndose. ¡Mi salvación!
Corrí y me metí de un salto. “¡Arranque, por favor, voy a…!” Un hombre alto, con un traje que probablemente costaba más que mi título universitario, abrió la puerta del otro lado. Me miró con una frialdad que helaba. “Disculpe,” dijo, su voz grave y autoritaria. “Este es mi taxi”. “Lo siento,” jadeé, “pero llego tardísimo a una entrevista. ¡Por favor, cierre la puerta!” Él arqueó una ceja. “Yo lo llamé. Bájese”. “Mire, señor,” le supliqué, “es la entrevista de mi vida. Si no llego, mi madre me casa con un hombre que no quiero. ¡Tenga piedad!” Él me miró como si fuera un bicho raro. “Sus problemas personales no son mi problema. Baje del auto”.
Era arrogante. Insufrible. La desesperación se convirtió en rabia. “¡No me voy a bajar! ¡Usted puede pedir otro! ¡Se ve que tiene dinero, pida un helicóptero!” Me fulminó con la mirada. “Se acabó mi paciencia”. Agarré mi bolso. “¡Pues se acabó la mía también! ¡Es usted un egoísta, cruel y despiadado!” Salí del taxi dando un portazo y empecé a caminar, furiosa, pero no sin antes voltear para memorizar su cara. La cara del hombre más detestable de Polanco.
Caminé unas cuadras, maldiciendo mi suerte, cuando oí pasos rápidos detrás de mí. Era él. “¿Ahora qué? ¿Viene a burlarse?” Levantó un celular. “¿Intentando conseguir mi número?”, le espeté, pensando que era una táctica barata. Él frunció el ceño. “Pierdo la paciencia contigo. ¿Qué demonios te pasa?” “¡A mí no me pasa nada! ¡Deje de seguirme!” Furiosa, le arrebaté el teléfono de la mano y, en un impulso de rabia, lo lancé al bote de basura más cercano. Él se quedó inmóvil. Y entonces, sonrió. Una sonrisa lenta y burlona. Sentí un frío recorrer mi espalda. Metí la mano en mi bolso. Mi celular no estaba. Miré el bote de basura. Miré su sonrisa. Era mi celular. “Que tengas un buen día,” dijo, mientras yo, roja de vergüenza, metía la mano entre papeles sucios para rescatar mi teléfono. “Ah, y suerte en tu entrevista”. Quería que me tragara la tierra.
Llegué al imponente edificio de Grupo Solís sintiéndome una basura. Era mi última oportunidad. Entré al elevador con otra chica que también parecía nerviosa. Detrás de nosotras, dos empleadas venían cuchicheando. “La nueva asistente del presidente ya está elegida,” dijo una. “Es una tal Isabella de la Torre. Conectada, obvio”. “Qué descaro,” dijo la otra. “Años trabajando aquí para que llegue una niña mimada a robarnos el puesto”. La chica a mi lado se puso pálida. Miré su portafolio. Decía: “Isabella de la Torre”. ¡Era ella! Isabella se dio la vuelta, con los ojos llenos de lágrimas de furia. “¡Quédense con su estúpido puesto!” Gritó, arrojando su portafolio al suelo. Los currículums volaron por todas partes. Las puertas del elevador se abrieron y ella salió corriendo. Las empleadas se quedaron calladas. Yo, por inercia, me agaché a recoger los papeles.
Llegué al piso de Recursos Humanos. La gerente, una mujer intimidante, me vio con el portafolio de Isabella en las manos. “¡Isabella de la Torre! ¡Llegas tarde!” “No, yo…” “No importa,” me interrumpió, arrebatándome los papeles. “El señor Solís padre dio la orden. Estás contratada. Felicidades”. “Pero es que hay un error, yo soy Sofía…” “No hay ningún error. El presidente te espera. Firma aquí”. Mi cerebro no procesaba. ¿Contratada? ¿Como Isabella? ¡Pero si era la oportunidad de mi vida! Si decía la verdad, me echaban. Si mentía… tenía un trabajo. “Mi mamá me va a matar,” pensé. Pero firmé. “Isabella de la Torre”.
Minutos después, estaba en el elevador privado del presidente. Se abrieron las puertas y casi me desmayo. Era él. El hombre del taxi. Me miraba fijamente mientras yo me hacía pequeña en la esquina del elevador. “¿Tú?” dijo él. “¿Usted?” tartamudeé. “¿Qué haces aquí?” “Yo… trabajo aquí”. “¿Ah, sí? ¿En qué puesto? No te había visto”. Me armé de valor. “Soy Isabella de la Torre. La nueva asistente del Presidente”. Su mirada se volvió extraña. Como si estuviera divirtiéndose. “Vaya, vaya. ¿Asistente del Presidente? No te subestimes. Quizás llegues lejos”. Y entonces, el elevador se detuvo. Las luces parpadearon y se apagaron. Oscuridad total. “¿Qué pasa?” mi voz temblaba. “Se atascó,” dijo él, con una calma exasperante. Empecé a hiperventilar. “No… no puedo. Tengo claustrofobia. ¡No puedo respirar!” “Tranquila,” dijo él, pero su voz sonaba lejana. Sentí que las paredes se cerraban. Me deslicé al suelo, luchando por aire.
Cuando lograron sacarnos, yo estaba temblando. Él me miraba con una mezcla de fastidio y algo más… ¿preocupación? Imposible. Mi primer día fue un infierno. Me asignaron tareas imposibles. Y entonces, la gerente me dijo: “El Presidente Solís quiere un café. Y está de muy mal humor. Lléváselo tú, Isabella”. ¿El Presidente? ¿No era él? Entré al despacho principal. Un hombre mayor, imponente, me miró. “Así que tú eres la recomendada. Bien. Espero que seas eficiente”. Logré salir de ahí respirando. El verdadero jefe no me había reconocido. “Isabella,” me llamó la gerente de nuevo. “Llévale este café al Director General. Al joven Mateo Solís”. Mateo. Así se llamaba. Fui a su oficina. La puerta estaba entreabierta. Entré. Estaba de espaldas, mirando por el ventanal que dominaba toda la ciudad. “¿Te atreves a entrar así a la oficina de tu jefe?”, pregunté, tratando de sonar profesional. Él se dio la vuelta lentamente. “Buenos días, señorita… ¿Isabella?” “¿Usted?”, logré decir. “Creíste que esta era tu compañía, ¿verdad?”, dijo, caminando hacia mí. “Yo… yo no sabía…” “Ayer me llamaste egoísta. Cruel. Despiadado”. Se sentó en su escritorio, cruzando los brazos. “Bienvenida a Grupo Solís. Voy a hacer de tu vida un infierno”. Mi corazón se detuvo. Estaba perdida.
Creí que ese era el peor momento de mi vida. Estaba equivocada. Apenas salí de su oficina, temblando, una mujer rubia, alta, con un vestido costosísimo, me detuvo en el pasillo. “¿Perdona? ¿Tú eres la nueva asistente?” “Sí…” “Soy Isabella de la Torre. La verdadera Isabella. ¿Quién demonios eres tú y qué haces con mi puesto?” Mi sangre se congeló. Detrás de ella, vi a Mateo salir de su oficina. Nos miraba a las dos. “¿Algún problema, señoritas?” preguntó, con esa sonrisa diabólica. “¿Quién de ustedes es Isabella?” Ambas respondimos al mismo tiempo: “¡Yo!”.
Parte 2
El pánico se apoderó de mí. Mateo nos miraba con una diversión cruel. “Qué interesante,” dijo. “Doble problema”. Antes de que pudiera procesar, arrastré a la verdadera Isabella a un rincón. “¡Por favor, tienes que escucharme!” Le conté todo. La presión de mi madre, el error de la gerente, mi desesperación. “Solo necesito unas semanas. ¡Un par de días! Solo hasta que mi madre se vaya de la ciudad. Si se entera que mentí, me lleva de regreso a Puebla y me casa. ¡Por favor!” Isabella me miró con desdén. “¿Y yo qué gano con esto?” “Yo… ¡te pagaré! Mi primer sueldo. ¡Todo!” Ella dudó. Odiaba ese trabajo, se notaba. “Bien. Dos semanas. Pero si Mateo Solís se entera, diré que me amenazaste”. Acepté. No tenía opción.
Regresé a la oficina sintiendo que caminaba sobre vidrios rotos. Mateo me llamó. “Prepara la sala de juntas. Vienen unos inversionistas de Dubái. Tú serás la traductora”. “¿Traductora? Pero…” “Tu currículum dice que hablas cuatro idiomas, ¿no es así, Isabella? El árabe debe ser uno de ellos”. Mi currículum. ¡El currículum de Isabella! Yo apenas hablaba inglés. Corrí al baño a llamar a mis amigas. “¡Invéntate algo! ¡Di que tienes laringitis!”, gritó una. “¡No! ¡Diles que tu dialecto de árabe es diferente!”, gritó la otra. Estaba perdida. Mateo lo sabía. Esta era su venganza.
Me mandó a esperarlos al parque de Chapultepec, donde tendrían una reunión preliminar. Estaba tan nerviosa, enviando mensajes frenéticos a Isabella (la real) para que me salvara, que no vi el borde de la fuente. Tropecé y caí de espaldas al agua. Escuché una carcajada. Mateo estaba parado en la orilla, muerto de risa. “¿Necesitas ayuda?” “¡No se atreva a tocarme!”, grité, mientras intentaba salir, pareciendo un gato mojado. El agua helada me calaba los huesos. Me ofreció la mano. Se la aparté de un manotazo y logré salir sola, temblando de frío y humillación. Mi costoso (y falso) traje de diseñador estaba arruinado. “Te ves… refrescante,” dijo él, con una sonrisa que me hizo querer golpearlo. Me llevó de regreso al auto. “La gente que dice ‘prefiero morir antes que tomar tu mano’ usualmente termina resfriada,” dijo, encendiendo la calefacción. Cuando llegamos al corporativo, los inversionistas árabes estaban esperando. “Justo a tiempo,” dijo Mateo. Entré a la sala, temblando. Pero en ese momento, mi celular vibró. Era Isabella. Me había enviado notas de voz con las frases básicas de saludo y negocios en árabe. Repetí como un loro lo que ella me mandó. Los inversionistas sonrieron y asintieron. Mateo me miraba, sorprendido. ¡Me había salvado!
Pero la paz duró poco. Al día siguiente, una mujer rubia espectacular, vestida de rojo, irrumpió en mi área de trabajo. “Tú. Tráeme un café”. “Disculpe, soy la asistente del Director General, no…” “Soy Camila. La prometida de Mateo. Así que, si quieres conservar tu trabajo, muévete”. Era fría, arrogante y hermosa. Y me odió al instante. Fui por su café, pero mis manos temblaban tanto que tropecé y derramé el café hirviendo sobre su vestido rojo. Ella gritó. “¡Estúpida! ¡Este vestido es un Balenciaga!” En ese momento, apareció Mateo. “¿Qué sucede aquí?” “¡Tu nueva asistente, Mateo! ¡Me atacó! ¡Está celosa de mí!” Miré a Mateo, esperando que viera lo absurdo de la situación. “Limpia esto, Isabella. Y pídele disculpas a Camila”. La humillación ardía en mi garganta. Camila me sonrió con suficiencia.
Las cosas empeoraron. El hermano menor de Mateo, Diego, regresó de estudiar en el extranjero. Diego era todo lo contrario a Mateo: dulce, sonriente y amable. “Vaya, así que tú eres la famosa Isabella,” me dijo, con una sonrisa coqueta. “Mi hermano no deja de hablar de ti”. “¿Ah, no?”, pregunté, sorprendida. “No. Dice que eres la empleada más torpe que ha tenido”. Me reí. Diego me invitaba a comer, me preguntaba por mi vida. Y noté que cada vez que Diego se acercaba, Mateo aparecía, con el ceño fruncido. “Diego, tenemos una junta,” decía. O: “Isabella, necesito esos reportes ahora”. Un día, Diego me invitó a cenar. Mateo nos vio en el lobby. “Isabella, a mi oficina. Ahora”. Entré. “¿Qué hice ahora?” “Aléjate de mi hermano,” dijo, su voz baja y peligrosa. “¿Perdón? Diego es mi amigo”. “Él no quiere tu amistad. Y no me gusta que mis empleadas distraigan a mi familia”. “¡Usted no es mi dueño! ¡Ni de mí ni de su hermano!” “Mientras trabajes para mí, harás lo que yo digo”. Estábamos a centímetros de distancia. Podía oler su colonia. Mi corazón latía desbocado, pero no por miedo. Era… otra cosa. “Está celoso,” pensé. Y la idea me gustó.
Pero mi mentira se estaba desmoronando. La verdadera Isabella me exigía más dinero. Y mi madre seguía en la ciudad. Un viernes, Mateo me dijo que teníamos un evento de caridad esa noche. Una gala. “No tengo qué ponerme,” dije. “Resuélvelo,” contestó. Mis amigas me prestaron un vestido. Llegué a la gala sintiéndome fuera de lugar. Mateo estaba ahí, increíblemente guapo en un esmoquin. Camila estaba pegada a su brazo. “Ah, la asistente,” dijo Camila, mirándome de arriba abajo. “Lindo vestido. ¿Lo rentaste?” Antes de que pudiera responder, Diego apareció y me tomó de la mano. “Te ves hermosa, Sof… Isabella. ¿Bailamos?” Bailamos. Y por encima del hombro de Diego, vi a Mateo. Nos estaba mirando. Y no parecía nada feliz. Dejó a Camila sola y caminó directamente hacia nosotros. “Me permites,” le dijo a Diego, y sin esperar respuesta, me tomó de la cintura. “¿Qué cree que hace?”, susurré. “Estoy salvando a mi hermano de una cazafortunas”. “¡Yo no soy…!” “¿No? Entonces, ¿por qué mentiste para conseguir este trabajo?” Mi corazón se detuvo. Lo sabía. “¿Qué… qué dijo?” “La verdadera Isabella de la Torre vino a verme esta mañana. Parece que le debes dinero”. Me quedé helada. “Mateo, yo puedo explicarlo…” “No me interesa,” me interrumpió. “Estás despedida”. Me soltó en medio de la pista de baile y se fue. Camila lo siguió, sonriendo victoriosa. Me quedé ahí, sola, mientras todo mi mundo se venía abajo.
Parte 3
Salí corriendo de la gala. Las lágrimas nublaban mi vista. Mi carrera, mi mentira, todo había explotado. ¿Y ahora qué? ¿Regresar a Puebla? ¿Casarme con Ramón? Me senté en la banqueta, afuera del lujoso hotel, con mi vestido de fiesta prestado, sintiéndome la persona más patética de la ciudad. Un auto negro frenó bruscamente frente a mí. La ventanilla bajó. Era Mateo. “Sube”. “Váyase al diablo. Ya me despidió, ¿no?” “Sube al auto, Isabella. O Sofía. O como sea que te llames”. Me subí. Estaba temblando, pero no de frío. “¿Por qué lo hiciste?”, preguntó, sin mirarme, mientras conducía por las calles vacías de la madrugada. Le conté todo. La presión de mi madre, el miedo a volver, el error en la oficina, la desesperación. Él escuchó en silencio. Yo esperaba que me gritara, que me llevara a la policía. Paró el auto frente a mi modesto departamento en la colonia Roma. “No vuelvas a mentirme, Sofía,” dijo. “¿Sofía?” “Investigué un poco después de que Isabella se fue. Sofía Pérez. De Puebla. ¿Correcto?” Asentí. “Te veo mañana en la oficina a las 8. No llegues tarde”. “¿Qué? ¿No estoy despedida?” “Tengo una asistente que renunció y una mentirosa que cayó en una fuente. Prefiero a la mentirosa. Al menos es más entretenida. Y ahora, eres mi asistente personal. Oficialmente”. No podía creerlo.
Pero si pensé que las cosas serían más fáciles, me equivoqué. Ahora que sabía mi secreto, Mateo sentía que tenía aún más control sobre mí. Me hacía trabajar hasta tarde, me enviaba por cafés imposibles, y buscaba cualquier excusa para tenerme cerca. Y Camila, su “prometida”, estaba furiosa. Me hacía la vida imposible. Un día, me quedé atrapada en el elevador. Otra vez. Pero esta vez fue diferente. Las luces se apagaron y el elevador se sacudió violentamente antes de detenerse. Mi claustrofobia se disparó. Grité, golpeé las puertas. Nadie respondía. Estuve ahí casi una hora. Cuando finalmente abrieron las puertas, me encontraron en el suelo, casi inconsciente. El primero en llegar fue Mateo. Me sacó en brazos. “¡Sofía! ¡Sofía, respóndeme!” Su voz sonaba… asustada. “Estoy bien,” logré decir. “No fue un accidente,” dijo un técnico de mantenimiento. “Alguien cortó la energía del elevador desde el panel de control”. Vi a Camila observando desde el fondo del pasillo. Con una sonrisa. Mateo siguió mi mirada. Su rostro se endureció. “Vete a casa, Sofía”.
Esa noche, Mateo apareció en mi departamento. “Camila y yo terminamos,” dijo, sin rodeos. “¿Qué?” “No era mi prometida. Era un arreglo de negocios de mi padre. Y se acabó”. “Mateo, ella… ella provocó lo del elevador”. “Lo sé. Y no volverá a acercarse a ti”. Se acercó. Estábamos tan cerca. “Odio que me hayas mentido, Sofía”. “Lo sé”. “Pero odio más la idea de que esa rubia loca te haya puesto un dedo encima”. Y entonces, me besó. Fue un beso que borró todas las mentiras, toda la humillación. Fue desesperado, enojado y dulce, todo al mismo tiempo. Mi mundo se puso de cabeza.
Los siguientes días fueron un sueño. Mateo Solís, el hombre más arrogante de México, estaba enamorado de mí. Y yo de él. Pero Camila no se iba a rendir. Una semana después, apareció en la oficina. “Mateo, querido,” dijo, interrumpiendo una junta. “Tenemos que hablar”. “No tenemos nada de qué hablar, Camila”. “Oh, sí. Creo que sí”. Puso una hoja de papel sobre el escritorio. “Estoy embarazada. Y es tuyo”.
Parte 4
El silencio en la oficina era tan denso que se podía cortar. “Embarazada”. La palabra rebotó en mi cerebro. Miré a Mateo. Estaba pálido. “Eso es imposible,” dijo él. “¿Imposible? ¿Necesitas que te recuerde la fiesta de Año Nuevo en Acapulco?”, dijo Camila, con una sonrisa venenosa. “Felicidades, papá”. Salió de la oficina, dejándonos en medio de la destrucción. “Sofía,” dijo Mateo, “eso… eso fue antes de ti. Fue un error”. “Tiene un bebé, Mateo. Tu bebé”. Salí de la oficina. Necesitaba aire. Mi sueño se estaba convirtiendo en una pesadilla.
Mateo estaba destrozado. La idea de un hijo, aunque fuera con una mujer como Camila, lo sacudió. Su propia madre lo había abandonado cuando era niño, y él juró nunca hacerle eso a un hijo suyo. Camila se mudó al departamento de Mateo “por el bien del bebé”. Y yo volví a ser solo la asistente. El ambiente en la oficina era insoportable. Mateo estaba distante, frío. Y yo trataba de mantenerme profesional, aunque por dentro me estaba muriendo. Mis amigas intentaron animarme. “¡Tienes que darle celos! ¡Sal con alguien!” “¿Con quién? ¿Con el repartidor de garrafones?” “¡Con el vecino!”, gritó mi amiga Inés. Mi vecino, Javier, era un fotógrafo guapísimo que siempre me sonreía en el pasillo. “¡No! ¡Es una locura!” Pero la locura ya estaba en marcha. Inés le dijo a Javier que yo estaba “loca por él” pero era “demasiado tímida”. Al día siguiente, Javier apareció en la oficina con un ramo de flores. “Sofía, ¿te gustaría cenar conmigo esta noche?” Mateo salió de su oficina en ese preciso momento. Vio las flores. Vio a Javier. Su mandíbula se tensó. “Señorita Pérez,” dijo, su voz gélida. “La necesito en mi oficina. Ahora”. Javier me guiñó un ojo. “Te veo a las 8”.
“¿Qué hacías coqueteando en horas de trabajo?”, me espetó Mateo apenas cerré la puerta. “No estaba coqueteando. Mi amigo vino a invitarme a salir”. “¿Tu amigo? ¿Desde cuándo?” “¡Desde que usted decidió jugar a la casita con la madre de su hijo! ¡No tengo por qué darle explicaciones!” “¡Sí las tienes! ¡Eres mi asistente!” “¡Pero no soy su propiedad!” Salí furiosa. La cena con Javier fue… agradable. Era divertido. Pero no era Mateo. Durante las siguientes dos semanas, “salí” con Javier. Él sabía que era una farsa (mis amigas le confesaron), pero dijo que estaba feliz de ayudar a “sacudirle el árbol al magnate”. Aparecía en la oficina, me traía comida, me esperaba abajo. Y Mateo estaba cada vez más insoportable. Nos daba más trabajo, programaba juntas a última hora, me enviaba a viajes de un día a Monterrey solo para mantenerme ocupada. Era patético. Y me encantaba.
El punto de quiebre fue mi cumpleaños. Yo no quería celebrar, pero mis amigas insistieron. Mateo se enteró. Esa noche, cuando llegué a mi departamento, el pasillo estaba lleno de rosas. Cientos de ellas. “¿Javier?”, pregunté. “Él no tiene tan buen gusto,” dijo una voz detrás de mí. Mateo. “¿Qué hace aquí? Camila debe estarlo esperando”. “Camila está donde debe estar. Lejos de mí”. “¿Y el bebé?” “Nunca hubo bebé, Sofía”. Me mostró unos papeles. “Resulta que Camila falsificó la prueba de embarazo. Nunca estuvo embarazada. Solo quería amarrarme”. Mi corazón dio un vuelco. “Mateo…” “Perdí semanas. Semanas sin ti, por su culpa. Por mi estupidez”. Se arrodilló. Ahí, en el pasillo de mi modesto edificio, rodeado de rosas. “No soy bueno con las palabras, Sofía. Y sé que te he hecho daño. Pero no puedo imaginar un día más sin ti. Cásate conmigo”. Sacó un anillo. Era el anillo de su abuela. “Mateo, yo… yo te mentí. Mi nombre…” “No me importa cómo te llames. Me importa que digas que sí”. Dije que sí.
Pero la felicidad es un visitante fugaz en mi vida. Justo cuando planeábamos la boda, el infierno se desató. La madrastra de Mateo, la mujer que siempre lo había odiado por ser el heredero principal, se alió con Camila. Filtraron a la prensa la historia. “La Asistente Mentirosa: El Fraude de Sofía Pérez”. Publicaron mi currículum falso junto a mi acta de nacimiento de Puebla. Contaron cómo había engañado a todos, incluida a la verdadera Isabella de la Torre. Mateo estaba furioso, pero no conmigo. Con ellos. Pero el escándalo fue demasiado. El patriarca, el Sr. Solís padre, me llamó. “Esta familia no puede soportar este escándalo. Mateo tiene un deber. Y tú… tú eres un problema”. Me ofreció dinero. Millones. “No quiero su dinero,” le dije, con lágrimas en los ojos. “Quiero a su hijo”. “No lo tendrás”. Esa noche, Mateo vino a verme. “Mi padre me dio un ultimátum,” dijo. “O te dejo, o me quita todo. El apellido, la empresa, la herencia”. “¿Qué vas a hacer?”, pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Él era Mateo Solís. No podía renunciar a su imperio. “Prepara tus maletas,” dijo él. “¿Me estás… me estás echando?” Él sonrió. “Nos vamos de la ciudad. A la costa. Si quieren el imperio, que se lo queden. Te elijo a ti, Sofía”. Lloré. Lloré como nunca.
Parte 5
Nos escapamos. Dejamos Ciudad de México, el escándalo y la furia de su familia atrás. Fuimos a una pequeña casa que su abuela tenía en Oaxaca, cerca de Zicatela. Fueron los días más felices de mi vida. Lejos de los trajes, las juntas y las mentiras. Éramos solo Mateo y Sofía. Pero la familia Solís no se rinde fácil. La abuela de Mateo, Doña Esmeralda, una matriarca fuerte, apareció una mañana. “Así que esta es la famosa Sofía,” dijo, midiéndome. “Pensé que serías más… impresionante”. Le tenía miedo, pero Mateo la adoraba. “Abuela, te presento a mi futura esposa”. “¿Esposa? ¿Sin el permiso de tu abuelo? ¿Sin el mío?” “No necesito su permiso”. “Claro que lo necesitas. Hay una historia que no conoces, Mateo. Una historia entre nuestra familia y la familia de esta niña”. Resulta que mi abuelo, allá en Puebla, y el abuelo de Mateo, habían sido socios. Rivales. Y, aparentemente, mi abuelo creía que el abuelo Solís le había robado todo, incluida la mujer que amaba… Doña Esmeralda. “¡Tu abuelo es un ladrón!”, gritó mi abuelo cuando se enteró. Había venido a buscarme. “¡Y el tuyo es un mentiroso resentido!”, gritó Doña Esmeralda. Estábamos en medio de una pelea de setenta años. “¡No te casarás con un Solís!”, sentenció mi abuelo. “¡Jamás aceptaré a una Pérez en mi familia!”, decretó Doña Esmeralda.
Estábamos atrapados. “No me importa,” me dijo Mateo esa noche. “Nos casaremos. Con o sin ellos”. Pero yo sabía que le dolía. Amaba a su abuela. Mi abuelo me encerró, amenazando con llevarme de vuelta a Puebla. Mateo tenía que hacer algo drástico. Una mañana, mi madre me despertó gritando. “¡Sofía, ven a ver esto!” Salí. El cielo… estaba nevando. ¿Nieve? ¿En la costa de Oaxaca? No era nieve. Eran millones de pétalos de rosas blancas, cayendo desde helicópteros. Y en la playa, Mateo estaba de pie, con un traje de mariachi. “¡Si tu abuelo dice que se casará contigo el día que nieve en la playa, pues hoy nevó!”, gritó. Mi abuelo salió. Vio el espectáculo. Vio a Mateo. Vio mi cara. Suspiró. “Estás tan loco como tu abuelo, niño Solís. Está bien. Pero si la haces llorar, te juro que te busco”.
Nos casamos ese día. En la playa. Con pétalos blancos cubriendo la arena. Fue perfecto. Regresamos a la Ciudad de México. El padre de Mateo, furioso por la desobediencia, le había perdonado la vida, pero no la empresa. Le dio a Mateo un puesto menor. Y la madrastra de Mateo… ella no había terminado.
La noche de bodas fue… extraña. Mateo estaba callado. Distante. “¿Pasa algo?”, le pregunté. “Pasa que estoy casado con una mujer que me mintió desde el primer día,” dijo fríamente. “Mateo, pensé que habíamos superado eso”. “Yo también”. Se levantó de la cama. “Pero saber que te casaste conmigo, y que toda mi familia conoce tu mentira… me hace sentir un idiota. Tendrás tu habitación. Yo dormiré en otra”. Me quedé helada. Era su venganza. Se había casado conmigo para castigarme. Los días siguientes fueron un infierno frío. Vivíamos en la misma casa, pero éramos extraños. Él era cortés, pero distante. Hasta que una mujer apareció en la puerta. “Busco a Mateo Solís. Me dijeron que vive aquí”. Era una mujer mayor, se veía cansada. “Soy… soy su madre. La madre que lo abandonó”.
Parte 6
La revelación cayó como una bomba. La madre de Mateo, a quien todos creían muerta o desaparecida, estaba viva. Mateo se quedó paralizado. Tantos años de odio y dolor. Ella explicó que había huido de un matrimonio abusivo (no con el padre de Mateo, sino con uno anterior) y que el padre de Mateo la había ayudado, pero que su exesposo era peligroso y tuvo que desaparecer para proteger a Mateo. Era una historia complicada. Mateo no sabía si creerle. Pero la madrastra de Mateo vio una oportunidad. Si la madre biológica estaba de vuelta, su posición (y la de su propio hijo, el medio hermano de Mateo) estaba en peligro. Empezó a maquinar.
Al mismo tiempo, un rival de negocios de Mateo, un hombre llamado Ricardo Aguilar, que siempre había envidiado a los Solís, empezó a acercarse a mí. “Sofía, Mateo no te merece,” me decía. “Él solo te está usando”. Yo lo ignoraba, pero Aguilar era insistente. La madrastra de Mateo se alió con él. Empezaron a filtrar documentos falsos que hacían parecer que yo estaba pasando información de la empresa a Aguilar. Crearon fotos falsas mías reuniéndome con él. Una noche, Mateo llegó a casa furioso. Arrojó un sobre a la mesa. Dentro estaban las fotos. “¡Explícame esto, Sofía!” “¡Eso es mentira! ¡Es un montaje!” “¿Como tu currículum? ¿Como tu nombre? ¡Estoy harto de tus mentiras!” “¡Mateo, tienes que creerme!” “¿Por qué debería? ¡Me has mentido sobre todo!” Me fui. Corrí a casa de mis amigas, destrozada.
Mientras tanto, la madrastra dio el golpe final. Usó la información que Aguilar le dio para sabotear un proyecto millonario de Grupo Solís, pero plantó evidencia que apuntaba directamente a la madre biológica de Mateo. La policía llegó a la mansión Solís. Arrestaron a la madre de Mateo por fraude industrial. Mateo estaba devastado. Creía que la madre que acababa de recuperar lo había traicionado. Y creía que la esposa que amaba también lo había hecho.
Yo sabía que tenía que probar mi inocencia. Y la de su madre. Con la ayuda de mis amigas y de Diego (el hermano de Mateo, que nunca confió en su propia madre, la madrastra), empezamos a investigar. Descubrimos las transferencias bancarias entre la madrastra y Ricardo Aguilar. Encontramos al fotógrafo que había editado las fotos. Pero la madrastra se dio cuenta de que estábamos cerca. Le dijo a Ricardo Aguilar que tenía que “deshacerse” de mí. Me citó en una bodega abandonada en Iztapalapa, diciendo que tenía pruebas que limpiarían el nombre de Mateo. Fui, como una tonta. Aguilar estaba ahí. “Sofía, Sofía. Siempre tan confiada”. Intentó… intentó hacerme daño. Luché. Grité. Y entonces, la puerta se abrió de golpe. Era Mateo. Había encontrado una nota que dejé (por si acaso) y Diego le había contado sus sospechas. Mateo y Aguilar pelearon. Fue brutal. La policía llegó (Diego los había llamado). Arrestaron a Aguilar. Y cuando él cayó, confesó todo. Incluida la participación de la madrastra.
La madrastra fue expulsada de la familia. El padre de Mateo, finalmente viendo la verdad, le pidió perdón a su hijo y a su madre biológica. Mateo vino a buscarme al departamento de mis amigas. Estaba golpeado por la pelea. “Sofía,” dijo, parado en la puerta. “Mateo”. “Te creí. En el fondo, siempre te creí. Pero estaba tan enojado por la mentira original que no podía verlo”. “Me lastimaste”. “Lo sé. Y lo sentiré por el resto de mi vida. Pero no puedo vivir sin ti. Soy un arrogante, un desconfiado y un idiota. Pero soy tu idiota”. Me reí, entre lágrimas. “Eso sí eres”. Me abrazó. “No vuelvas a dejarme”.
Un mes después, estábamos en la oficina de Mateo. La que ahora era nuestra oficina. “¿Sabes?”, le dije, mirando el horizonte de la Ciudad de México. “Sigo teniendo un poco de claustrofobia”. Él sonrió y me tomó de la mano. “Qué bueno. Porque no pienso soltarte nunca en un espacio cerrado”. “Egoísta,” susurré. “Cruel,” respondió él, sonriendo. “Y despiadado”. “Totalmente,” dijo, antes de besarme. Mi vida había empezado con una mentira en esa ciudad caótica, pero había encontrado mi verdad. Y no era el trabajo, ni el dinero. Era él.
EPÍLOGO: EL ESPEJO
Han pasado cinco años desde el día en que dije “sí” en esa playa de Oaxaca, bajo la “tormenta de nieve” de pétalos de rosa blanca que Mateo creó. Cinco años desde que me convertí oficialmente en Sofía Pérez de Solís.
Esta noche, nuestra mansión en Lomas de Chapultepec está resplandeciente. Es nuestra fiesta de quinto aniversario de bodas. Todo es perfecto. Los mariachis tocan una melodía suave, y el aroma del mole poblano (una concesión mía) y la cochinita pibil (la favorita de Mateo) se mezclan en el aire.
Estoy de pie en el balcón, observando el jardín. Ya no soy la Sofía aterrorizada, huyendo de un matrimonio arreglado en Puebla. Soy la matriarca de la familia Solís.
En un rincón del jardín, mi abuelo y Doña Esmeralda (la abuela de Mateo) están enfrascados en su habitual “debate” semanal. “¡El caldo!” insistía mi abuelo. “¡El secreto del mole está en el caldo de guajolote!” “¡Absurdo!” replicó Doña Esmeralda, abanicándose vigorosamente con su abanico de encaje. “¡Es el equilibrio de los chiles anchos y el chocolate! ¡Ustedes los provincianos qué van a saber!” Sonreí. Era su forma de demostrarse afecto.
“¡Mami!” Dos pequeños misiles chocaron contra mis piernas. Leo y Luna, nuestros mellizos de cuatro años. “¡Mami, quiero pastel!” gritó Luna, que tiene los ojos de Mateo. “¡Yo quiero montar un caballo!” declaró Leo, con mi cabello rizado. “No hay caballos,” reí, agachándome para abrazarlos. “Pero hay pastel. Vamos, busquen a Lupita.”
Pero cuando busqué a Lupita, la niñera principal de los niños, solo encontré a mi asistente, Clara, que parecía pálida. “Señora Solís,” dijo Clara, con voz nerviosa. “Lupita acaba de llamar. Tiene una intoxicación alimentaria. No puede venir.” Mi corazón dio un vuelco. Una fiesta con 100 invitados y dos niños hiperactivos de cuatro años. Un desastre. “Encuentra un reemplazo,” ordené, tratando de mantener la calma. “Inmediatamente. Llama a las agencias.”
Media hora después, Clara guio a una joven a la biblioteca. “Señora Solís, ella es Marisol. De la agencia.” Me di la vuelta y sentí como si el tiempo retrocediera. La chica llamada Marisol era delgada, con los ojos muy abiertos por el pánico. Su blusa blanca, aunque limpia, estaba raída en los puños. Se aferraba a la correa de su bolso con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Era yo. Yo, hace cinco años, parada en el ascensor de Grupo Solís. “Hola, Marisol,” dije, tratando de suavizar mi voz. “¿Tienes experiencia con niños de cuatro años?” “Sí… sí, señora,” tartamudeó. “Yo… soy muy buena con los niños.” Había algo en sus ojos. Una desesperación demasiado familiar. “Bien. Los niños están en el área de juegos. Clara te mostrará. La fiesta durará hasta tarde, ¿puedes quedarte?” “¡Sí, claro! Lo que necesite, señora.”
La fiesta transcurrió sin problemas. Leo y Luna parecían adorar a Marisol. Observé desde la distancia. La chica estaba atenta, pero parecía cansada y… hambrienta. Miraba las mesas repletas de comida con un anhelo indisimulado. Aproximadamente una hora después, lo vi. Marisol estaba meciendo a Luna, que se dormitaba en su hombro, mientras pasaba rápidamente junto a la mesa de canapés. Miró a su alrededor y, pensando que nadie la veía, rápidamente tomó un puñado de pequeños sándwiches y algunas brochetas de albóndigas, escondiéndolos en una vieja bolsa de tela dentro de su delantal.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Engaño. La familiar ira que Mateo solía sentir por mí comenzó a surgir. Estaba robando. Pero justo cuando iba a acercarme, me detuve. Vi su rostro demacrado. Recordé lo que sentí cuando vi el portafolio de la verdadera Isabella de la Torre.
Esperé hasta que llevó a los niños a sus dormitorios. Luego, le pedí que se reuniera conmigo en la biblioteca. Entró, temblando. “¿Me llamó, señora?” “Marisol,” comencé, manteniendo la voz tranquila. “Te vi tomar comida de la mesa.” El rostro de la chica se puso blanco como el papel. Empezó a sollozar, las lágrimas corrían por sus mejillas hundidas. “¡Lo siento! ¡Lo siento, señora! ¡Lo devolveré! ¡Yo… no era para mí!” “¿Entonces para quién?” “Mi hermano pequeño,” sollozó. “Tiene fiebre. No tenemos dinero para medicinas, y… no ha comido nada desde ayer por la mañana. ¡Lo siento! Sé que mentí. Nunca he sido niñera. Yo solo… estaba desesperada.”
La puerta de la biblioteca se abrió. Mateo entró. “¿Sofía? Escuché llantos. ¿Pasa algo?” Me miró a mí, luego a la chica temblorosa. Pude verlo en sus ojos: un viejo destello de sospecha, un reflejo defensivo cada vez que me encontraba en una situación que parecía turbia. El recuerdo de las mentiras seguía ahí, como una cicatriz desvaída. Estaba esperando mi reacción. Estaba esperando ver quién era yo.
Respiré hondo. Ya no era esa chica asustada. Miré directamente a los ojos de mi esposo. “No pasa nada.” Luego me volví hacia Marisol. “¿Cómo se llama tu hermano? ¿Y en qué universidad estás?” “Él… se llama Luis. Estudio ingeniería en la UNAM. Tuve que darme de baja este semestre…” “No,” la interrumpí. “No te darás de baja.” Me acerqué al escritorio y escribí un nombre y un número de teléfono en un papel. “Mañana, 9 en punto,” dije, entregándoselo. “Ve a las oficinas de la Fundación Solís en Santa Fe. Busca a esta persona. Ella te arreglará una beca completa. Y un trabajo de medio tiempo en el laboratorio de investigación. Pagado.”
Marisol me miraba fijamente, incrédula. “¿Señora… usted…?” “Me mentiste, Marisol. Igual que yo mentí una vez,” dije en voz baja. “La diferencia es que yo mentí para conseguir un trabajo glamoroso. Tú mentiste para salvar a tu hermano.” Me volví hacia Mateo, que me miraba con una expresión que no pude descifrar. Una mezcla de asombro, orgullo y un amor tan profundo que me dejó sin aliento. “Mi amor,” dije. “¿Podrías pedirle al chef que prepare una canasta grande de comida? Y tal vez… ¿llamar a nuestro médico para que vaya a una dirección?” Mateo no hizo ni una sola pregunta. Asintió, la tensión en sus hombros desapareció por completo. Se acercó y puso una mano en el hombro de Marisol. “Ve,” dijo suavemente. “Y haz exactamente lo que dijo mi esposa.”
Esa noche, después de que el último invitado se fue, Mateo y yo estábamos en el balcón, mirando las luces de la ciudad brillar abajo. “Te viste a ti misma en esa chica,” dijo. No era una pregunta. “Vi a alguien que estaba asustada,” respondí, apoyando mi cabeza en su hombro. “Vi a alguien dispuesta a hacer cualquier cosa por su familia. Yo solo… no quería que ella tuviera que empezar engañando, como lo hice yo.” Mateo me giró para mirarlo. Me acarició el cabello. “Tú eras diferente a ella, mi amor. Tú entraste a ese ascensor como un huracán. Nunca fuiste realmente una víctima. Eres una guerrera.” Me reí entre dientes. “Esa guerrera casi se ahoga en la fuente de Chapultepec.” “Le doy gracias a esa fuente todos los días,” susurró, antes de besarme. Me atrajo hacia él, y pude sentir los latidos de su corazón, firmes y familiares. Nuestra vida pudo haber comenzado con una mentira, pero este amor, esta familia, era la verdad más sólida que jamás había conocido
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